In Historias

El despertador sonó a las 6:15h, como estaba previsto. Pero mi cuerpo llevaba despierto un buen rato. Los nervios y la adrenalina me mantenían en alerta desde media hora antes de que sonara. Mi cuerpo sabía que hoy era un gran día, y por nada del mundo iba a permitir que me quedara dormido. Tan animado como nervioso puse los dos pies en tierra. ¿Habré acertado con el recorrido elegido? Mi mujer ratifica ese pensamiento al darme un beso y decirme: “Estás loco”. Y no le falta razón. Con 62 años, meterme 190 kilómetros y cuatro puertos parece eso, una locura. Pero me conoce, sabe lo que siento cada vez que me subo a una bicicleta, lo que significa para mí. Y me devuelve una sonrisa cuando me ve levantarme de la cama.

Desayuno lo acordado. Todo está medido. En el salón tengo todo el equipo que anoche preparé con mimo. La ropa, los bidones, las barritas, los geles y, sobre todo, un capazo de ilusión.

A las 7:15h salgo por la puerta de casa. Aún no es completamente de día aunque el Sol ya comienza a asomar. Tengo 8 kilómetros hasta La Marina Real lo que aprovecho para ir poniendo en orden mi cabeza y desentumeciendo los músculos.

Conforme me acerco al Marítimo, aumenta el volumen de la megafonía, y la gran marea roja de los participantes aparece ante mí. Localizo a mis compañeros del CC Lo Rat Penat y compruebo que están igual que yo. Esa mezcla de nervios y dudas, con ánimo y fuerza. Sonrisas nerviosas, algunos tics. Esperamos que den la salida. Vemos al gran Miguel Indurain cortando la cinta. Qué orgullo participar en una prueba que él acoge. Ayer pude hacerme una foto con él que guardaré como oro en paño. Ídolo y ejemplo.

Llega el momento y salimos. Con prudencia, hasta que dejamos atrás la ciudad. Se conforman los grupos, y comenzamos a rodar. Nos dirigimos al Oronet y, no sé qué pensarán los demás, pero yo sólo tengo en mente a un monstruo que hoy viene a verme: Segart. Lo conozco, y sé que hay que reservar fuerzas para evitar poner pie a tierra en sus durísimas rampas.

El calor aparece. Mi talón de Aquiles. Contaba con ello, pero no por eso se me hace más llevadero. Es curioso cómo algo con lo que estás acostumbrado a vivir, puede hacerte pasarlo tan mal. Fue un mal momento y me hizo muy duro acabar el puerto. Pero lo conseguí, lleno de orgullo.

Después del Garbí, bajamos hacia Canteras. Necesitaba repostar agua, pues de comida iba bien pertrechado. De camino a Olocau, con el calor en aumento y haciendo estragos, nos juntamos con un grupo en el que tuve que trabajar como el que más. Íbamos recogiendo los restos que un grupo delantero perdía por el camino. Pedal a pedal, viendo el sufrimiento y la entrega de los compañeros, sentías que formabas parte de algo más grande que tú mismo. Esa sensación era un empuje para seguir, para no desfallecer.

Llegando a las faldas del Chirivella empecé a sentirme raro. De golpe, se me encendió la reserva. Fue una sensación que no había notado nunca. ‘El tío del mazo’, como dice siempre Perico. Una sensación de vacío, de que no te queda nada. Me tuve que armar de paciencia para no bajarme de la bicicleta. Quizás hubiera sido lo más sensato. No lo sé. El caso es que, pedal a pedal, como la vida misma, seguí hacia delante, hasta la cima.

La fruta y el agua del avituallamiento me resucitaron. Es increíble cómo se puede pasar de una sensación de vacío total, a sentir cómo las fuerzas te vuelven, cómo tus piernas te responden.

Llegó la bajada hacia Altura. Descenso recuperador. Un gran grupo nos juntamos. Relevo a relevo, todos partícipes del sufrimiento. Hasta llegar a la cara posterior del Oronet. Calvario, a las 13:40h. Calor de justicia. Muerte sobre la bicicleta. ¿Pero qué tiene este deporte? La respuesta la recibiré al terminar. Es el último puerto. Y por delante quedan 40 kilómetros de bajada y llano hasta la meta.

Fuerzas renovadas en las piernas. Qué jodida es la mente, cómo juega con nosotros y qué difícil es convivir con ella. Bebo todo lo que puedo y me preparo para concluir este reto.

Camino a Massamagrell me uno a un grupo. Creo que vamos todos con calambres. Hay silencio. Se escucha sólo el ruido del viento y los tubulares. Imagino que cada uno está escribiendo su propia historia en su cabeza. Luchando contra sus propios demonios. Intentado responder a esa pregunta: ¿Qué tiene este deporte? Pensando en los sacrificios, en la dureza, el sufrimiento.

Siento que vuelo, que las ruedas no tocan el suelo. No me duele nada. No sudo. Me abstraigo. Me veo a mí mismo pedaleando, junto a mis compañeros de armas, de fatigas. Tan locos como yo, tan inconscientes a veces, tan cabezones. ¿Qué queremos demostrar? ¿A quién queremos convencer?

El mar, la playa. La luz, el olor. Alboraia, la Malvarrosa, Las Arenas… Llegamos al puerto, donde todo empezó hace unas horas, aunque me han parecido días. Último kilómetro. Últimas bocanadas de aire. Últimos pedales. Sonrisas, gritos de celebración. Oigo mi nombre por megafonía, y veo a mi mujer saludándome emocionada.

Ella, que tanto me ha aguantado. Que tanto me ha apoyado aun cuando no me apoyaba. Que me ha hecho plantearme tantas veces si esto era aconsejable a mi edad. La voz de mi conciencia. Que me cuestiona, y a la vez es la primera en estar en esa meta esperándome. Esa meta que no es sólo la de una prueba ciclista. Es la meta de la vida. Donde pones a prueba tu valor, tu determinación, tu coraje.

Y esa maldita pregunta, que te martillea de nuevo la cabeza. ¿Pero qué tiene este deporte? Joder, no lo sé. Pero el año que viene pienso volver, y averiguarlo.

Historia de José Muñoz Martinez.

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